España supera el 69% de dependencia energética en 2024 pese al avance renovable
España sigue dependiendo del exterior para casi siete de cada diez unidades de energía que consume
A pesar del notable crecimiento experimentado por las energías renovables en los últimos años, España cerró 2024 con una tasa de dependencia energética próxima al 70%. Este dato pone de manifiesto que el avance de la solar fotovoltaica, la eólica y otras fuentes limpias, aunque significativo, todavía no ha sido suficiente para reducir de forma estructural la factura energética que el país abona al exterior, principalmente en forma de petróleo, gas natural y carbón importados.
La dependencia energética mide qué porcentaje de la energía que consume un país debe ser importada porque su producción doméstica no basta para cubrirla. Un valor cercano al 70% sitúa a España muy por encima de la media de la Unión Europea, que en los últimos años ha oscilado en torno al 55-60%, y refleja una vulnerabilidad estructural ante las oscilaciones de los mercados internacionales de combustibles.
El papel de las renovables: avance real, pero insuficiente para el conjunto del sistema energético
El sector eléctrico es donde las renovables han logrado mayor penetración. En 2024, la generación eólica y solar fotovoltaica consolidaron su posición como las dos principales fuentes de electricidad en España, superando en horas cada vez más numerosas a los ciclos combinados de gas. Red Eléctrica de España (REE) ha registrado récords históricos de producción renovable en el sistema peninsular, con jornadas en las que las energías limpias han cubierto la totalidad de la demanda eléctrica durante periodos prolongados.
Sin embargo, el sistema eléctrico representa solo una parte del consumo energético total del país. Los sectores del transporte, la industria y la calefacción siguen dependiendo de manera mayoritaria de combustibles de origen fósil importados. Esta es precisamente la razón por la que los avances en el mix eléctrico no se trasladan de forma proporcional a la tasa de dependencia energética global: descarbonizar la electricidad es condición necesaria, pero no suficiente.
España cuenta con objetivos ambiciosos en su Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC), que fija para 2030 una penetración del 81% de renovables en la generación eléctrica y establece metas de eficiencia energética y electrificación del transporte. Alcanzar esas metas reduciría la dependencia exterior, pero el camino requiere acelerar tanto el despliegue de nueva capacidad renovable como la electrificación de los usos finales de energía.
Qué factores frenan la reducción de la dependencia energética
Los expertos del sector señalan varios cuellos de botella que dificultan una caída más rápida de la dependencia energética española:
- Ritmo de electrificación del transporte: El vehículo eléctrico avanza, pero el parque de automóviles de combustión interna sigue siendo masivamente mayoritario. Hasta que la movilidad no se electrifique a gran escala, el petróleo importado seguirá pesando mucho en la balanza energética.
- Industria y calor de proceso: Muchos procesos industriales requieren temperaturas muy elevadas que hoy se obtienen quemando gas. La transición hacia el hidrógeno verde o la electrificación directa de estos procesos está en fases muy incipientes.
- Capacidad de almacenamiento: La intermitencia de la solar y la eólica exige soluciones de almacenamiento —baterías, bombeo reversible, hidrógeno— que todavía no están desplegadas a la escala necesaria para maximizar el aprovechamiento de la generación renovable.
- Tramitación administrativa: Cientos de proyectos renovables permanecen paralizados o con retrasos significativos por cuellos de botella en la obtención de permisos, lo que ralentiza el crecimiento de la capacidad instalada.
El reto de la autonomía energética: una cuestión estratégica y económica
Más allá de los objetivos climáticos, reducir la dependencia energética tiene una dimensión estratégica y económica de primer orden. La crisis energética desencadenada tras la invasión de Ucrania en 2022 demostró con crudeza la vulnerabilidad de los países europeos ante la interrupción o el encarecimiento de los suministros fósiles. España, con un recurso solar y eólico entre los más abundantes de Europa, tiene en las renovables su principal palanca para reducir esa exposición.
Cada gigavatio adicional de solar fotovoltaica o eólica instalado equivale a menos gas o petróleo importado, a menos divisas que salen del país y a mayor resiliencia frente a shocks externos. En ese sentido, el auge renovable de 2024 es una señal positiva, pero la tasa de dependencia del 70% recuerda que el grueso del trabajo de descarbonización energética —más allá del sector eléctrico— está todavía por delante.
El debate sobre cómo acelerar esa transición —con más inversión pública, mejor regulación, incentivos a la electrificación industrial y mayor despliegue de almacenamiento— se perfila como uno de los ejes centrales de la política energética española en los próximos años.