La crisis de Ormuz dispara el interés global por las energías renovables
El Estrecho de Ormuz, el talón de Aquiles de la economía fósil
Durante más de cien días, el bloqueo del Estrecho de Ormuz ha sacudido los mercados energéticos globales con una intensidad sin precedentes en la historia reciente. El paso marítimo por el que transita cerca de 20 millones de barriles diarios de petróleo y aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de gas natural licuado (GNL) quedó interrumpido, desencadenando una cadena de consecuencias que va mucho más allá del precio del crudo: inflación, disrupciones en cadenas de suministro industriales y tensiones sobre el abastecimiento de productos de consumo cotidiano.
El precio del barril de Brent llegó a escalar desde los 70 hasta los 126 dólares en el punto álgido de la crisis, según datos recogidos por analistas del sector energético. Aunque el conflicto entre Estados Unidos e Irán ha concluido con un acuerdo de paz y la reapertura del estrecho, las lecciones que deja esta crisis parecen haber calado de forma definitiva en los gobiernos, las empresas y los consumidores de todo el mundo.
La conclusión que se impone es incómoda pero irrefutable: concentrar el suministro energético en un único corredor marítimo controlado por la geopolítica equivale a asumir un riesgo económico sistémico. Y ese riesgo tiene ahora un nombre propio: la «prima fósil», es decir, el sobreprecio implícito que pagan las economías por seguir dependiendo de los hidrocarburos en un mundo cada vez más inestable.
Las renovables, de solución climática a escudo económico
Lo verdaderamente relevante de esta crisis, a diferencia de las de 1973, 1979 o incluso la de 2022 provocada por la guerra en Ucrania, es que el mundo dispone hoy de alternativas limpias maduras, competitivas y escalables. En las crisis anteriores, la respuesta se limitaba a diversificar las fuentes de hidrocarburos o a apostar por la energía nuclear, porque no existían opciones renovables con la capacidad de sustitución necesaria. Ese escenario ha cambiado radicalmente.
Durante el primer mes del conflicto, mientras la generación global de energía fósil caía un 1% interanual, la producción solar crecía un 15% y la eólica un 7,6%. Los datos ponen en perspectiva el potencial real de las renovables: la capacidad de 510 GW solares y 160 GW eólicos instalada a lo largo de 2025 genera aproximadamente 1.100 TWh anuales, el doble de los 590 TWh equivalentes a todo el GNL que cruzó el Estrecho de Ormuz el año anterior.
El caso de Pakistán resulta especialmente ilustrativo. El país redujo importaciones de combustibles fósiles por un valor estimado de 12.000 millones de dólares gracias a una adopción acelerada de energía solar, demostrando que las renovables pueden funcionar como una cobertura financiera efectiva frente a la volatilidad de los mercados de hidrocarburos. La transición energética deja de ser un imperativo exclusivamente climático para convertirse en una herramienta de política económica y seguridad nacional.
Un nuevo mapa geopolítico de la energía
La crisis ha reconfigurado también el tablero de actores relevantes en el sector energético mundial. Asia es la región más expuesta: recibe el 80% del petróleo y casi el 90% del GNL que transita por Ormuz. Países como Filipinas o Corea del Sur han sufrido con especial dureza las consecuencias del bloqueo, lo que ha impulsado la aceleración de sus planes de electrificación y descarbonización.
China se posiciona como uno de los grandes beneficiarios del nuevo orden energético, consolidando su liderazgo como proveedor global de tecnologías limpias, baterías y vehículos eléctricos. Europa, por su parte, aunque reforzada tras las lecciones de la crisis del gas ruso en 2022, sigue arrastrando una dependencia exterior significativa —visible en sus cuantiosas importaciones de GNL estadounidense— y trabaja para afianzar su apuesta por una autonomía verde real.
El sector de la aviación ilustra con claridad los límites aún existentes de la transición. Los combustibles sostenibles de aviación (SAF), producidos a partir de fuentes renovables, representan la principal alternativa al queroseno convencional, pero su producción sigue siendo limitada y su coste, elevado. Además, la normativa de certificación de aeronaves restringe actualmente las mezclas de SAF a un máximo del 50%, lo que frena su despliegue masivo a corto plazo.
En el ámbito del consumo residencial e industrial, el impacto de la «prima fósil» también ha dejado huella en el comportamiento de los ciudadanos. Distribuidores de vehículos eléctricos en Europa y Australia han registrado un repunte notable en el interés por la electrificación del transporte, mientras que instaladores de sistemas de autoconsumo solar fotovoltaico señalan un aumento significativo de consultas de particulares y empresas que buscan blindarse frente a la volatilidad futura de los precios de la electricidad.
¿Estamos ante un punto de inflexión irreversible?
Las crisis energéticas del pasado produjeron respuestas coyunturales que se diluyeron en cuanto los precios del petróleo volvieron a estabilizarse. La pregunta ahora es si esta vez será diferente. Los indicios apuntan a que sí, aunque con matices importantes.
La diferencia estructural respecto a crisis anteriores es que la paridad de costes entre renovables y fósiles ya está lograda en la mayor parte del mundo, y en muchos mercados las primeras resultan directamente más baratas. La solar y la eólica no solo son más limpias: son más predecibles en precio, distribuidas geográficamente y ajenas a los caprichos de la geopolítica del Golfo Pérsico.
Eso no significa que la transición vaya a ser lineal ni sencilla. El petróleo y el gas no son solo combustibles: son materias primas para plásticos, fertilizantes, productos farmacéuticos y miles de bienes industriales cuya sustitución requiere décadas de innovación en química verde, bioplásticos e hidrógeno renovable. El camino es largo, pero la dirección parece, esta vez, difícilmente reversible.
En un escenario en el que la resiliencia energética se ha convertido en sinónimo de soberanía económica, invertir en renovables ya no es solo una decisión medioambiental: es, cada vez más, la decisión financieramente más prudente.